
Aúllan lágrimas
en laberintos de sentires
que se escapan de las manos.
Maraña de pensamientos inconvenientes
reptan en el baldío del alma.
Gritó la herida,
desgarrando silencios
anudados en los ojos
perdidos en el punta de fuga
de un dolor.

Quinto cigarrillo
del insomnio,
cuentan estrellas
entre el humo.
De cuarto en cuarto
pateo pensamientos
que caen muertos
de aburrimiento.
Deslizo páginas
de libros infinitos.
Letras bailan escondidas
en mundos imaginados.
Extraviada en canciones,
rasguñan el aire.
Ahogan el corazón.
Lo hacen llorar.
Agotada
retorno a las frazadas.
Derrocada
Me dejo atrapar.
Anochece.
Soledades inundan el aire
y mis manos.
Se tallan a golpe de silencios
algunas lágrimas.
Una tonada en la radio
llena cada rincón vacío
con el sabor añejo
del último beso nuestro.
Caigo en un laberinto de espejos
que expulsa tu imagen
y dispara recuerdos.
Se alimenta de mí.
Goloso de melancolía,
me devora
y me deshecha
sin compasión.

Hurgar las grietas de tus palabras
para descubrir los huecos oscuros
que embelezan mi morbo.
Espiar tu mirada,
para descubrir tus secretos
más impertinentes.
Fisgonear los surcos de tu frente,
entrometerme en tus secretos
para desconocerlos.
Pasear por los sentires.
Curiosear hasta en los silencios.
Despedirme.
Llevarte en algún lugar,
en un trozo de recuerdo
y no volverte más.

Domingo de horas lentas
que amanece entre el asfalto
empapado por el rocío
de una noche indiferente.
Quietud apretando la garganta.
Me ahoga.
Corro.
Escapo del silencio
concebido por lágrimas
y tristezas de melancolía caprichosa.
El domingo se resbala
entre horas inagotablemente confusas.
Pronto llegará la noche
a consolar mis heridas
vaciadas de un después.

Lágrimas cursis,
ríen los pañuelos.
Corazón con la desnudez grotesca
de un tugurio maloliente.
El alma se tapa los ojos
por ofender su moral en ruinas
y al buen gusto también.
Mamarracho que tartamudea
deletreando su propio nombre,
para recordarse,
desde la huida de su sombra
en busca de una historia mejor.

Pateando las veredas de historia pasadas,
tropiezo con adoquines de silencios
impregnados en los faroles
de las esquinas sin nombre.
Hundo los pies descalzos
en charcos de sentires fangosos.
Me derrumbo en el regazo
de recuerdos abandonados
en las veredas roídas por tristezas.
Atragantada de tanta melancolía,
busco un rincón para enterrar mis huesos
y mi dolor.

Mitad beso, mitad risa
fue el enigma que entregue a tu boca
para que desenredes
con la maestría de tus dedos largos.
Quemaste a fuego mi corazón,
un poco para que no te olvide
y mucho más para saber que te pertenencia.
Y tus ojos fueron la boca del pozo
por el que caigo una y otra vez,
en la alienación de amarte,
siempre por última vez.
Temías nombrarme porque te desgarraba
la simple idea de extrañarme.
Escapabas a mi simple imagen
porque suplicas táctiles quemaban en tus entrañas.
Disfrutarnos,
doliéndonos en el sentir más puro
perdiendo la mesura,
esclavizados en la pasión
hasta quedar sin redención.
Me lloré
en la penumbra
del vacío
del silencio atronador,
hasta secarme de recuerdos.
Me lloré
entre la multitud
de calles zombis
hasta perderme
en el laberinto de la soledad.
Me lloré
hasta que la piel
comenzó a cincelar grietas
en las se enraizaron
olvidos desvanecidos.
Dejé de llorarme
cuando los ojos hinchados
no supieron reconocerme.

La noche fusila a quemarropa
a la mañana que viene renga
tambaleándose hasta mis ojos
hinchados de lágrimas mudas.
La piel rasgada como seda
por las manos impiadosas de la soledad,
que baila desnuda en mi arrabal.
Manos repletas de silencios afilados
desabrochan los gritos a los fantasmas más crueles
e insensatos
partiendo en dos al corazón.
Mientras tanto el mundo se empeña en vivir.

Mientras mis besos te esperan,
salgo a jugar a encontrarte
detrás de disfraces de abrazos insolentes.
Así se enjuagan las penas
y las tiendo al sol.
Mientras mis manos
te guardan las mejores caricias,
apuesto fuerte
a ganarle a la soledad.
Mientras no te busco,
te encuentro
en el perfume que dejaste en mi cama,
que destapan un vino
y te esperan llegar.

Silencios lloran
lágrimas oxidadas
sobre mi almohada.
Mis dedos desamparados,
lejos de tu cuerpo,
juegan antón pirulero
con la soledad.
Suspiros a medio parir
desmigan tu recuerdo
impregnados del olor de tus palabras.
Susurro la espera
del volver a verte
y trenzar la historia
del después que no se agota
en hoy.